2022 ha sido fácilmente el año más difícil de mi vida.
Indudablemente no ha sido el peor, pero sí ha sido el más difícil. Éste es el año en el que me he puesto de pie en medio de la tormenta y, un pasito cada vez, me he puesto a andar en la dirección que yo quiero.
Ha dolido muchísimo. He peleado contra mí mismo y contra todo lo demás todos los días del año, desde el momento de levantarme hasta irme a dormir. Todos los días, sin excepción. Muchas de esas peleas las he perdido.Y con ellas he perdido otras cosas también, cosas importantes. Personas importantes se han ido de mi vida este año y ha habido momentos de no saber dónde carajo está el Norte.
Tiene su gracia porque, literal y metafóricamente, vivo allí.
Las vacaciones de Navidad tienen un efecto maravilloso, que te deja tiempo y espacio para respirar hondo, reflexionar y mirar hacia atrás. Y tienen un efecto aterrador: que te deja tiempo y espacio para respirar hondo, reflexionar y mirar hacia atrás. He visto cosas que no quería ver, y si os dijera que no me está costando todo lo que tengo procesarlas os estaría mintiendo.
Las consecuencias son una parte natural de todo lo que hacemos. A veces estamos tan metidos en lo que queremos o tenemos que hacer que no nos da tiempo a girar la cabeza y ver la montaña de consecuencias que se apilan a nuestra espalda. Y cuando te paras y miras, se te caen todas encima. Siempre queda un poso de duda, ¿y si hubiera hecho esto? ¿Y si este día hubiera llamado yo, si me hubiera levantado y cogido el primer avión, o llamado por teléfono, serían las cosas distintas?
Hasta ayer no quería saber la respuesta, hoy... creo que no me importa tanto. Lo que quise hacer, lo que me gustaría haber hecho, tal vez sólo sea mi cabeza recordándome dos cosas:
- La primera, que me importan las personas con las que hago planes.
- La segunda, que hay algo que puedo hacer para que otras cosas sean distintas. Que incluso estando tan solo como me siento (lo cual es improbable) hay muchísimo que está en mi mano.
Llevo dos semanas arrastrando los pies, me cuesta dormir y creo que voy a necesitar vacaciones de mis vacaciones por el impacto emocional de todo esto, pero antes de entrar el año quiero rescatar una pequeña perla: siempre lo he dado todo. A veces ha sido mucho, a veces ha sido poco, y a veces ha sido catastrófico, pero cada día del año he dado todo lo que tenía.
Este año ha sido dificilísimo, fácilmente el más difícil que me ha tocado vivir, y aun así lo he dado todo. He remado hasta dolerme las manos, he corrido con una muela del juicio clavándose en el diente de al lado, he conocido el 10 en la escala del dolor, he estado al borde de la muerte dos veces, he pasado más cerca de la hipotermia de lo que mi madre debería saber múltiples veces y he querido mucho y (espero) bien a personas que confío en que lo sepan más que de sobra.
Llevo un año entero remando, y la mayor parte del mismo remando solo. Y he llegado hasta aquí.
En España es tradición terminar el año con una carrera. Algo de dejar atrás las malas energías y quedarse con lo bueno. Este año, me la debo.
Y con eso debería bastar. Entrad bien el año, y si no estoy aquí ya sabéis dónde encontrarme.